Se va la tarde. Decís, a este sitio
vendremos: escribirás, sembraré,
pasaremos los días de viejos.
Sobre la casa que nace, cruzó
una torcaza. Más allá hay un halcón
y unas loras. La luz moja la falda
del Mogote, aviva los manchones
amarillos. Todo es hermoso, digo,
y sin embargo, hay una nota
de tristeza sobre talas y espinillos.
Será porque es invierno, decís,
será porque es domingo.
María Terese Andruetto, Kodak.
lunes, mayo 29, 2006
víspera
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domingo, mayo 21, 2006
sábado, mayo 20, 2006
watisdis
verymuchofenglishpeopleleavingnicecommentaries
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Ted Hughes
TORDOS
Qué espantosos son los tordos pulcros y atentos sobre
la hierba.
No parecen seres vivos sino acero retorcido. Su mirada
negra y letal está a la espera. Sus patas enclenques
producen movimientos inimaginables. Dan un
respingo, un salto y un picotazo
y en un abrir y cerrar de ojos sacan a rastras algo
tembloroso.
Nada de pausas indolentes ni miradas soñolientas.
Nada de rascarse la cabeza ni suspirar. Nada más que
un salto y un picotazo
y un instante de voracidad.
¿Son sus cráneos pequeños y obstinados, es su cuerpo
adiestrado, es su ingenio o es el nido lleno de polluelos
lo que les otorga a sus vidas esa determinación
automática y explosiva? El cerebro de Mozart la tenía,
y también la boca del tiburón
cuando rastrea sangre, incluso una gota de
su propio
costado, y se devora a sí. Es una eficacia que
ataca de manera demasiado aerodinámica para que la
detenga una duda
o la desvía algún obstáculo.
Un hombre es distinto. El heroísmo a caballo,
poner al día su dietario en un amplio escritorio,
labrar un diminuto adorno de marfil
durante años: son actos que se veneran a sí mismos. En
cuanto a él,
aunque se arrodille para fundirse en la oración, ¡cuánto
ruido arman
los demonios de la distracción al montar sus misas y
orgías sobre
furiosos espacios de fuego! ¡Qué bravías son
las negras aguas bajo las que lloran!
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miércoles, mayo 17, 2006
consignación de un dato
muertos olmedo y porcel
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lunes, mayo 15, 2006
29 de marzo (1940)
Tienes que reconocer que las magníficas promesas de la ciencia futura te aterrorizan y de buena gana las verías abortar. No por la razón de que la ciencia cree armamentos mortíferos (se encontrará siempre la defensa equivalente; y de todos modos no es la matanza de hombres lo que te disgustaría: venimos al mundo para morir) sino porque la ciencia podrá proporcionar un día tales medios de control sobre la vida interior y sobre la vida física del individuo (sincerity test, esterilización, etc.) que la vida no valdrá ya la pena de ser vivida. La conclusión típica de las novelas futuristas es, en efecto, tras una descripción del mecanismo controladísimo de aquella vida, un clímax de cascamiento de cojones debido al cual las masas se desencadenan matándose y enloqueciendo con tal de librarse de la pesadilla. En resumen, morir (sea a espada o de rayo mortal) no es nada: vivir científicamente parece espantoso.
Cesare Pavese en El Oficio de Vivir
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domingo, mayo 14, 2006
1899 – El vestido
1
Fácil
en la lucidez de la mañana
la risa del peón
corta el aire helado
entre la casa y los galpones.
El patrón
con voz malhumorada
prefiere dirigirse a los caballos.
Mientras arrastran los recados
dos chicos
sonríen y murmuran,
para ellos
la burla es todavía una destreza
en la que no pueden probarse.
Enseguida
los cuatro cabalgando
se alejan
y se hacen diminutos.
Alrededor de la casa
y de los álamos
el horizonte vuelve a ser
un círculo impecable.
2
Se movía en la cocina
disfrutando a su manera
la mañana
y el cuerpo descansado.
Afuera
el sol caía puro y sin calor
sobre las piedras,
el pasto, los zanjones.
Cuando el fuego comenzó
a trepar por su vestido
no recordó
que estaba sola.
Casi nunca
comentan los detalles:
el humo
detrás suyo por la puerta,
ella corriendo por el campo.
Prefieren repetir
que los hombres
como siempre estaban lejos
y hablan de las graves
definitivas consecuencias
de un descuido.
Claudia Prado, en El interior de la ballena
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9:55 p. m.
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jueves, mayo 11, 2006
VELA
Toda una noche
echado junto
a un compañero
masacrado
con su boca
rechinante
vuelta al plenilunio
con la congestión
de sus manos
penetrada
en mi silencio
he escrito
cartas llenas de amor
No me he sentido
nunca
tan unido a la vida
Giuseppe Ungaretti. L'Allegria
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11:05 p. m.
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qué dicen los chicos del delivery
Tiemblen gorilas
Motokeros peronistas
(en una oficina
de aguas argentinas)
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4:11 p. m.
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Terrible estupidez la de dejarse perforar
por un poeta en mal estado,
por un yonki de hostal,
2 ó 3 cretinos
y una mujer cargada de piedras.
Absolutamente en todas las ocasiones perdí el nombre,
por eso debo buscar un pseudónimo,
contar alguna mentira.
María Guerra. Extraído de revista Ricardito nro. 6.
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12:48 a. m.
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miércoles, mayo 10, 2006
watanabe
El kimono
Mi padre y mi madre eran sombras
dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran
más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor austero.
En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosísimos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.
Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.
José Watanabe, extraído de revista Ricardito nro 5
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1:47 a. m.
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lunes, mayo 08, 2006
teoría de lo social
el barroquismo de acusaciones diluye lo esencial en un mar de pelotudeces
AP
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6:39 p. m.
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san juan y caballazos
20
Abril me ha desconsiderado anoche, tanto
que removí los pies alrededor de la mesa
resbalándome en lágrimas. ¡Ah!,
qué vuelo más triste.
Los bancos de las plazas son islas donde izan
los desahuciados sus cabezas.
Alguien venga en mi ayuda,
me clave entre las cejas un clavo,
me saque la esperanza,
el humo de los infiernos.
Eso,
porque estoy adherido a la idea maldita
de que el gato tiene siete patas en vez de cuatro.
Jorge Leónidas Escudero, en Los grandes jugadores
CEMENTERIO DEL ALTO
Por tener la costumbre de morirse han venido,
o semilla plumosa asida por el viento
para nacer en dónde, a saber de qué forma,
en qué otros asuntos ocuparán su tiempo.
Si volverán a trajinar caballos,
o ellas a lavar en el río,
hacer pasteles los días nublados, si volverán
a hormiga o mariposa.
O seguirán estando sobre el ripio,
las mandíbulas apretadas,
hasta entregar sus pocos minerales
y quedar mano a mano con todo.
Coronas desteñidas de papel
o el solo aro de alambre.
Gente que fue sincera en su pobreza
y en un pozo directo y tablas de álamo
se aleja de sus vanos entripados
mientras el cielo va, de tan enorme,
apoyándose en las cruces hasta ladearlas.
Misterioso lugar donde de noche
los lechuzos entreabren el más allá,
con chirrido agrio,
y cierran la puerta de golpe sin dejarnos ver nada.
Donde cava el quirquincho y algún burro dañino
exhala su rebuzno mundial sobre las tumbas.
Y si nace un retamo en camposanto
déjenlo echar raíz,
los difuntos serranos gustan mucho subir a su ramaje
para chiflar eternidades.
Jorge Leónidas Escuderon, en Piedra Sensible
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11:59 a. m.
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jueves, mayo 04, 2006
Sobre el estilo
8 de noviembre 1938
No se puede conocer el propio estilo, y usarlo. Se usa siempre un estilo preexistente, pero de una manera instintiva que plasma otro actual. El estilo presente se conoce sólo cuando es pasado y definitivo y se vuelve a recorrerlo interpretándolo, es decir aclarándose cómo está hecho.
Lo que estamos escribiendo es siempre ciego. Si nos conviene (es decir, si después, volviéndonos a él, lo estimaremos acertado) no podemos, de otro momento, saberlo. Sencillamente lo vivimos y es claro que las astucias, las destrezas que en él empleamos, son otro estilo precedentemente compuesto, extraño a la sustancia del actual.
Escribir es consumar los malos estilos poniéndolos en práctica. Volver sobre lo ya escrito para corregir es peligroso: se yuxtapondrían cosas diferentes.
¿No hay, entonces, técnica? La hay, pero el nuevo producto que cuenta es siempre un paso adelante sobre la técnica que conocíamos y la que va naciendo bajo la pluma sin que nos demos cuenta.
Que conocemnos un estilo quiere decir que nos hemos dado cuenta de una parte de nuestro misterio. Y que nos hemos prohibido escribir de ahora en adelante en este estilo. Llegará el día en que hayamos descubierto todo nuestro misterio y entonces ya no sabremos escribir, es decir, inventar el estilo.
Cesare Pavese en El oficio de vivir
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